Alternativa Latinoamericana
      
Alberta, Julio-July 2007
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ALTERNATIVA Latinoamericana
CULTURA
Por Nora Fernández
Rincón
Literario
Shere-Sade
de Rosa Beltrán
Tengo un amante 24 años mayor
que yo que me ha enseñado dos cosas.
Una, que no puede haber pasión
verdadera si no se traspasa algún
límite, y dos, que un hombre mayor sólo
puede darte dinero o lástima. Rex no
me da dinero; tampoco lástima. Por eso
dice que nuestra pasión, que ha
rebasado los límites, corre el peligro de
comenzar a extinguirse en cualquier
momento.
Noche primera
Hasta antes de conocerlo yo había
asistido a dos presentaciones de libros
y nunca había ocurrido nada, lo cual es
un decir, porque bien mirado cuando no
ocurre nada es cuando realmente están
ocurriendo las cosas. Y esa vez
ocurrieron del siguiente modo: yo
estaba sola, en medio de un salón
atestado, preguntándome por qué había
decidido torturarme de esa forma
cuando me di cuenta de que Rex, un
famoso escritor a quien sólo conocía de
nombre, estaba sentado junto a mí.
Cuando terminó la lectura del primer
participante, aplaudí. Acto seguido, Rex
levantó la mano, increpó al participante,
volvió a acomodarse en su asiento. Con
pequeñísimas variantes ésta fue la
dinámica de aquella presentación: se
leían ponencias, se aplaudía y Rex
alababa o destrozaba al hablante,
comentando siempre con alguna de las
Grandes Figuras que tenía cerca.
Alguien leía, Rex criticaba, otro más
leía, Rex criticaba, yo aplaudía. Si el
minimalismo es previsibilidad y
reducción de los elementos al menor
número de variantes posible ésta fue la
presentación más minimalista en la que
he estado. Terminada la penúltima
intervención a cargo de una autora
feminista, Rex criticó, yo aplaudí, fui al
baño. Lo oí decir que la estupidez
humana no podía caer más bajo. Al
regresar, antes de que se diera por
terminado el acto, noté que Rex tenía
puesta la mano abierta sobre mi asiento
y distraído conversaba con alguien.
Cuando señalé el sitio en el que había
estado sentada y en el que ahora su
mano autónoma y palpitante aguardaba
como un cangrejo, Rex clavó la mirada
en mí y dijo: "la puse ahí para que se
mantuviera caliente". Dos horas
después estábamos haciendo el amor,
frenéticamente. Así se dice:
"frenéticamente". También:
"enloquecidamente". En el amor todo
son frases prestadas y uno nunca está
seguro de decir lo que quiere decir
cuando ama. Pero cuando uno quiere
con todas sus fuerzas no esta allí y no
puede hacerlo, ¿cómo se dice?
Noche tercera
Lo primero que tengo que admitir
es que no sé muy bien en qué consiste
el decadentismo nihilista porque nunca
antes de conocer a Rex me lo había
planteado. Según él, ese término define
a la Generación X, la más decadente y
desdichada de las generaciones de
este siglo, a la que desafortunadamente
pertenezco. Yo no hice nada para
pertenecer a ella. Pero si quisiera
ponerme en el plan en el que según
Rex debiera, podría arrepentirme sólo
de un hecho: haberme sentado junto a
él, un escritor tan famoso, en una
presentación de libros. La regla de oro
entre los asistentes a este tipo de
actos es que nadie se involucre con
nadie y que las amistades, si es que
prospera alguna, estén cimentadas en
el más puro interés (te doy, me das; te
presento, me presentas; te leo, me
lees) o en el descuido. Rex dice que
toda relación que no provenga del
alcohol es falsa.
Noche séptima
Hoy Rex y yo decidimos algo muy
original: que nadie, nunca, se había
amado como nosotros. Y para
confirmarlo, usamos las frases que
usan todos los amantes. Un sólo ser en
dos cuerpos distintos. Dos almas
gemelas entre una multitud de
extraños. Cien vaginas distintas y un
sólo coño verdadero.
Noche décima
Ocurrió desde la primera vez, pero
me había olvidado de contarlo.
Estábamos en el momento culminante,
haciendo el amor frenéticamente, como
he dicho, y de pronto el cuarto se nos
llenó de visitas. La primera que llegó fue
la Extremadamente Delgada De
Cintura. Rex comenzó a hablar de esta
antigua amante suya porque mi postura
se la recordaba. Era decidida, ardiente
y pelinegra. Había que cogerla muy
fuerte de la cintura, a la
Extremadamente Delgada, porque si no
era capaz de despegar. "Así", dijo,
apretándome. "¡Ah, cómo subía y
bajaba aquella mujer!", añadió, mientras
me sostenía, nostálgico. Pero luego de
un rato, levantando el índice, me
advirtió:
-Podrán imitarla muchas, pero
igualarla, ninguna. Y hundido en esta
reflexión fue a servirse un whisky. Al
cabo de unos minutos en los que yo
misma, una vez caída en una especie
de ensueño, pensaba en la pasión tan
grande entre Rex y yo, él rompió el
silencio:
-Eran unas cuclillas perfectas -
dijo, refiriéndose a aquella otra mujer-.
Mírame: se me pone la carne de gallina
nada más de recordarlo.
Era verdad: la blancura enfermiza
de la piel a la que por años no le había
dado el sol se había llenado de
puntitos.
-Como un émbolo de carne -dijo,
casi en estado de trance-. Arriba y
abajo, fuera de ella, sobre mí, dando
unos alaridos impecables.
Según Rex aquella mujer de las
cuclillas tuvo un excelente
performance: lo hizo tocar el cielo, sin
exagerar, unas seis veces. El mismo
día de su entrega, antes de despedirse,
la Extremadamente Delgada De Cintura
le pidió que le hiciera el amor por
detrás.
-Quería hacerme una ofrenda -me
explicó Rex, conmovido- un regalo.
Después de esta confesión, para
mí insólita, se hizo de nuevo un
silencio. Creí que la historia de Rex era
una forma más bien oblicua de pedirme
algo, así que me abracé a una
almohada y me ofrecí, en cuatro patas,
de espaldas a él. "No te muevas", me
dijo, y unos segundos más tarde sentí
el flash de una cámara. Esperé un poco
más, pero nada ocurrió, y tras
angustiosos minutos oí que alguien
junto a mí roncaba.
Noche 69
-¿Por qué me gusta tanto que me
hables de tus antiguas amantes? -
mentí.
-Porque la carne es la historia -me
explicó Rex, muy serio-. Aunque esto
muy pocos lo entienden.
Y luego, acercándose a mi oído
me dijo, bajito:
-La carne por la carne no existe.
Noche 104
Dos semanas después me trajo la
foto. Junto con una carta que decía:
("adoro la negra estrella de tu frente,
pero adoro mil veces más a la otra, la
impúdica, ese insondable abismo que
nos une"). Todo lo demás eran loas
interminables: a mis senos, más
blancos y bellos que los de Venus
emergiendo del océano; a mis nalgas,
redondas, plenas como una pintura de
Ingres; a mis muslos, inspiración de
Balthus, a mi espalda perfecta y a mi
vientre. A cada centímetro de mi
cuerpo, siempre en comparación con
otras. Nunca, nadie había sido más
hermosa que yo: ni los labios, mejillas,
cabellos, ni los largos cuellos que me
antecedieron podían competir conmigo,
según Rex. Freud dice que en toda
relación sexual hay en la cama al
menos cuatro. En nuestro caso, había
cuando menos veinte. O treinta. O eso
creí al principio. Poco a poco fui
dándome cuenta de que si hubieran
llegado las ex amantes de Rex a
instalársenos al cuarto habríamos
tenido que salirnos por falta de espacio.
-¿No sería bueno que usáramos
condón? -sugerí.
Pero Rex fue categórico:
-¿Qué habría sido de los Grandes
Amantes de la Historia de haberse
andado con esas mezquindades? -dijo.
Acto seguido se levantó de la
cama, se vistió y salió azotando la
puerta.
Noche 386
Por alguna razón, me siento
obligada a aclarar que tuve una infancia
feliz, que mi padre me quiso mucho y
que no fue machista. O tal vez sí, tal
vez fue tan machista como otros. Pero
esto nada tiene que ver entre Rex y yo.
Lo que me pasa con él es cuestión de
simple polaridad: los hombres buenos
me aburren, igual que a todas las
mujeres de mi generación que, como he
dicho, es la X. Esto lo he podido
constatar. La "corrección política" no es
más que una forma cínica de la
hipocresía. Es la pretensión de asepsia
en los guantes de médicos con el
bisturí oxidado. Y el mundo no es un
quirófano.
Noche 514
Por las noches, después de
despedirnos, Rex pone mi nombre
debajo de su lengua. Allí lo guarda y
paladea, como si fuera un chocolate.
Para mí, en cambio, sus gestos se
diluyen. Cuando no está, su cuerpo
sobre mí desaparece. Sólo puedo
recordar su voz. Como en una película
que vi donde los personajes se dan cita
por teléfono sin encontrarse jamás, Rex
se me ha vuelto una presencia sonora,
incorpórea. Rex es la forma de sus
palabras. Y sus palabras, el amor que
le han inspirado las mujeres que
llegaron antes de mí.
Noche 702
Ayer trajo más mujeres al cuarto.
Los nombres me sorprenden más que
ellas mismas, me hacen imaginar mil y
una posibilidades. La Que Lloró Con
Ciorán; La Escorpiona; La Amada
Inmóvil; La Monja Desatada. Todas con
una historia y un modo de hacer el
amor muy específicos.
-Mis mujeres fueron siempre
voluntariosas -dice Rex-. Sabían elegir
sus posiciones. Arriba, o con las
piernas cruzadas, de lado, cada cual
según su gusto y preferencias.
Mi papel no hablado era imitarlas.
Y más aún: superarlas. Si improvisaba
algún gesto, Rex me llevaba sutilmente
a la postura de alguna de ellas, La
Mujer De Alcurnia Ancestral, por
ejemplo, muy derechita sobre él aunque
viendo al mundo con mirada desdeñosa,
y me contaba su historia. Nunca llegué
a conocer sus nombres verdaderos.
-Es por respeto -dijo Rex-. Para
evitar que un día vayan a toparse por la
calle.
Una tarde, haciendo el amor, tuve
un levísimo atisbo de improvisación y al
emprender, besando, el camino de su
ingle a sus párpados me comparó con
Eva. "La primera mujer", pensé
orgullosa, y en respuesta caminé
desnuda por todo el cuarto antes de
que llegara Jehová y me corriera del
paraíso.
Noche 996
Había perdido la cuenta de la
frecuencia con que nos veíamos, dada
la relatividad con que había empezado a
transcurrir el tiempo y los caprichos de
Rex habían crecido, como es lógico.
Para llevarlos a cabo comenzó a
posponer sus viajes y conferencias, lo
que no era poca cosa dados los
ingresos que percibía o, más bien, que
dejaba de percibir por estar conmigo.
Inventaba pretextos cada vez más
inverosímiles para no llegar a las citas,
para estar lejos de su familia, y
comenzó a ejercer sus funciones
amatorias como un corredor de bolsa
de Wall Street, a tiempo y de modo
implacable. Yo era su amante, dijo, se
debía a mí. ¿Qué otra cosa podía hacer
sino corresponder con el mismo fervor a
semejante entrega? De la noche a la
mañana me vi obligada a superar las
cuclillas de la Extremadamente
Delgada, a sostener las piernas en vilo,
por horas, como la Escorpiona, a
perfeccionar los tiempos de La Rana o
a quedarme quieta de perfil, como La
Cucharita De Canto. Más
frecuentemente, sin importar mi
cansancio, debía moverme con frenesí
extremo, agitando la melena al viento,
como La Medusa De Ayer, la amante
que más trabajo le había dado olvidar.
Junto con los efectos de mi gimnasia
amatoria debía soportar el hambre por
horas, incluso días completos, pálida y
ojerosa, sostenida sólo del comentario
de Chateaubriand de que la Verdadera
Amante ha de resistir los embates
como una ciudad en ruinas. Por si esto
fuera poco, uno de los días en que
habíamos hecho el amor durante horas,
sin dar tregua a los días anteriores, Rex
decidió prender la tele del cuarto de
hotel donde nos citábamos. Casi muero
de espanto al ver el estoicismo con que
Sharon Stone, totalmente desnuda y
sentada sobre su amante, se ponía una
corbata alrededor del cuello y, sin dejar
de moverse, aguantaba la respiración
mientras él, hundido en el más puro
gozo, la estrangulaba durante el coito.
-Déjale ahí -dijo Rex, sirviéndose
otro whiskito- no vayas a cambiarle.
Y luego, mirándome con
intención:
-Así luego podemos tomar
algunas ideas.
Me levanté como pude y,
adolorida, caminé al servibar. Me
En "Shere-Sade", Rosa Beltrán
satiriza el lado masoquista que, ella
argumenta, hay en toda mujercita
mexicana. Entendémos a Rex como un
sabelotodo irritante, un déspota que
acarrea, convenientemente, su ideología
que le permite expresarse como un
pedante, mientras se sigue auto-
coronando rey de su limitado universo.
Creo que casi sin excepción todas
hemos conocido nuestro Rex, más
temprano o más tarde. Aquel que trata
de "formarnos"¨como un Pigmalión, a su
manera. Como buen rey, Rex, tiene su
lote de antiguas amantes, que Shere-
Sade acepta a regañadientes porque en
algún nivel entiende que esto no es
saludable. Y, si bien adivina que es
abuso, se empeña, por temor quizás a
pasar a ser parte del inventario de Rex,
a rebelarse abiertamente.
Beltrán, inteligentemente, la
emprende contra la opresión de la mujer
moderna, que cree que tiene que ser la
mejor amante, la más sexy, la que
accede a todo en nombre del amor. De
santa, inocente y pura, a moderna,
conocedora, mundana, "disfrutadora" de
sexo -mayormente para satisfacer al
rey, entre ambas no hay ni un paso.
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