Alternativa Latinoamericana
      
Alberta, Julio-July 2007
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ALTERNATIVA Latinoamericana
DERECHOS HUMANOS
De soldado del Imperio a Rebelde por la Paz.
La guerra de Camilo Mejìa
Camilo Mejía, el primer soldado
americano que se niega a ir a Irak,
escribió un libro, y así se une a otros
veteranos que como él han escrito
clásicos que inspiraron movimientos
anti-guerra. Las memorias de Mejía,
Camino desde Ar Ramadi (Road from
Ar Ramadi), es la historia de alquien
que se aferra a su humanidad en las
profundidades del abismo, para
transformarse de soldado del imperio
americano en rebelde por la paz. El
trabajo de Mejía --escrito desde el
punto de vista de un soldado que ha
servido y visto directamente las
consecuencias del imperialismo
americano, termina con los engaños y
mentiras usados para justificar la
guerra.
El origen de Mejía le da forma a
su decisión de integrarse al ejercito.
Mejía nació en Nicaragua de padres
profundamente involucrados con el
Frente Sandinista de Liberación
Nacional (FSLN). De hecho, su padre,
cantante, en su programa de radio y a
través de canciones satíricas, criticaba
la dictadura de Somoza -apoyada por
el gobierno americano. Su padre fue
también muy activo en la lucha en favor
de los pobres de su país.
Cuando el FSLN toma el poder en
1979, las contradicciones se hacen
aparentes. Los líderes de la revolución
viven como ricos. El padre de Mejía
tenía chofer, sirviente y jardinero; Mejía
acudía a una escuela exclusiva para
hijos de oficiales del gobierno.
Mientras, el ejército mercenario
apoyado por los Estados Unidos, los
contras, trabajan contra el debilitado
gobierno sandinista, forzado a
introducir en Nicaragua el servicio
militar obligatorio y a restringir el gasto
social.
Cuando los padres de Mejía se
separan, Camilo y su madre
abandonan Nicaragua para vivir en
Costa Rica, un país de emigración para
muchos nicaraguenses en busca de
trabajo y escapando la guerra -guerra
que había costado hasta entonces
unas 50 mil vidas. Los nicaraguenses
en Costa Rica tenían los trabajos peor
pagados y sufrían discriminación,
identificados por su piel más oscura. A
Mejía lo ridiculizaban en la escuela y le
llamaban nombres discriminatorios. En
su libro el autor describe esta
transición en su vida asi: "Ën
Nicaragua, había sido un niño
privilegiado de la revolución...Pero todo
eso se terminó durante los dos años
que viví en Costa Rica, y me volví
introvertido y solitario."
Para 1994, su abuela se hace
ciudadana norteamericana naturalizada
y obtiene residencia permanente para
su madre y para él. Se unen entonces
a los trabajadores pobres de Miami;
mientras su madre trabaja de cajera en
un almacén, él hacía hamburguesas e
iba a la escuela nocturna. Durante sus
estudios en un colegio comunitario, le
cancelan una ayuda financiera federal
que recibía porque según le dicen
ganaba demasiado. Es en medio de
estas circunstancias -falto de
estabilidad financiera y de dinero para
pagar su matrícula y mientras buscaba
su lugar en el mundo- que se inscribe
en el ejército. Como explica, "Sólo
quería estar con un grupo de gente con
quién compartiera algo, adquirir un
sentimiento de pertenecer."
Pronto descubriría, sin embargo,
que las promesas militares vienen con
fuertes obligaciones y que atan. Luego
de servir sus cuatro años activos con
distinción decide separarse del ejército
pero descubre que cada soldado firma
actualmente un contrato por ocho
años, una realidad de la que nunca lo
informaron hasta ese momento. Parte
por esta obligación y parte porque
requiere financiamiento para continuar
su educación, entra en la Guardia
Nacional. Pronto se enteraría, sin
embargo, que la Guardia no cubre la
matrícula de la universidad que él
atendía.
Mejía describe las mentiras que
son una piedra fundamental del
reclutamiento militar. "Me sentí
defraudado con el sistema," escribe.
"Un sistema que se aprovecha de la
vulnerabilidad de la gente, explotando
sus limitadas opciones para atarlos en
el servicio militar con la constante
promesa de beneficios que siempre
están por recibir."
Le esperaba aún una sorpresa
mayor: en enero del 2003 -a meses de
su graduación universitaria y de
terminar su contrato militar- su unidad
militar es activada y pasa a integrar la
Operación Libertad Iraki, con esto su
servicio militar se extiende bajo orden
por lo que no puede retirarse. Mejía no
sabía que, de acuerdo a la ley, este
tipo de órdenes no aplica a quienes no
son ciudadanos norteamericanos, como
era su caso, el ejército nunca lo informó
de esto. Parte entonces con su unidad
para Jordán, a Ar Ramadi, el corazón
del triángulo Sunita y de la emergente
resistencia Iraki.
El sentido de pertenencia a esa
familia militar, que Mejía deseaba al
ingresar comienza entonces a
fracturarse. Se despierta también a las
realidades de la burocracia militar, una
institución que refleja las divisiones de
clase que predominan en el mundo civil
de los Estados Unidos.
Domina en el ejercito una cultura
de competencia por rango y medallas
de guerra, que incluyen la traición
personal y la lucha por poder. Esta
realidad que descubre le muestra que el
verdadero enemigo está dentro del
ejército mismo. Su unidad de la Guardia
Nacional se llena de oficiales y
soldados de carrera, que sólo estaban
en el combate para asegurarse el
galardón de haber combatido en
infanterìa, prerequisito para más rango.
Desde el principio, su unidad, la
Compañìa Charlie, estaba apurada, mal
equipada y preparada. "Rumores de que
alguien en el batallón falsificaba
documentos para que nuestras
unidades entraran en combate antes de
lo debido aumentaron tan pronto como
llegamos a Bagdad. Encontramos que
no habìa ninguna unidad esperándonos,
ni órdenes, ni lugar donde dormir, ni
comida ni agua", dice Mejía.
En Ar Ramadi, lo que parecía ser
negligencia de los oficiales se rebeló
como parte de un esquema mayor,
basado en la masacre del pueblo irakí,
pagadas con vidas de soldados
americanos.
Mejía explica, "En alguna parte allí
hubo una reunión, en alguna oficina
lujosa, donde el plan fue discutido por
gente lejana. El plan requería la pérdida
de muchas vidas para lograr metas,
pero todo era aceptable. Mi vida y las
vidas de otros en mi unidad, era todo
parte de una pérdida aceptable."
Como en Vietnam, los soldados
de menor rango de su Compañia
fueron enviados a misiones suicidas
para atraer fuego enemigo, en
patrullajes que eran más largos de lo
necesario y que repetidamente
ocuparían la misma área a horas
similares -perdiendo todo elemento de
sorpresa.
Se hizo obvio para Mejía que
eran "carnada", que se estaba
poniendo las vidas de las tropas en
peligro mientras los oficiales,
sentados, estaban protegidos en sus
piezas con aire acondicionado.
Cuando la cantidad de muertos de su
Compañia aumentó drásticamente y el
teniente coronel Mirabal, comandante
del batallón, ordenó continuar con las
mismas peligrosas misiones, circularon
rumores de que miembros de su
compañía planeaban asesinar a
Mirabal.
Mejía describe también el racismo
reinante en el ejército americano y la
completa ignorancia que tienen de la
cultura irakí, lo que enfurece a la
población y alimenta su resistencia.
En Al Assad, su unidad asiste en
el manejo del campo de prisioneros,
que operó más o menos al tiempo que
Abu Ghraib y en forma similar. Allí, los
prisioneros, llamados combatientes
enemigos, usaban siempre capucha y
se les mantenía despiertos con
desorientación y actos de crueldad.
Mejía expone las mentiras sobre
la ocupación, pero la fortaleza de su
libro está en la humildad con que
explica su transformación personal,
cambio que lo lleva a la decisión de
seguir los dictados de su conciencia y
oponerse a la guerra. Dividido entre
sentimientos de obligación a sus
compañeros de armas y una creciente
oposición a una guerra que entiende
como ilegal e inmoral, Mejía visita su
familia por dos semanas y decide no
continuar siendo un peón del imperio
americano en Irak. Y se prepara para
dar "una guerra contra el sistema del
que era parte, una batalla contra la
maquina militar, el dragón imperial que
devora sus propios soldados y al pueblo
irakì de la misma manera y por
acrecentar sus ganancias."
Entonces, se esconde por cinco
meses y luego de aplicar a la categoría
de ser "objetador de conciencia," se
entrega y enfrenta una corte marcial.
"Tomé mi decisión basado en mi
entendimiento de que esta es una
guerra criminal e ilegitima en favor de
un imperio," le dijo a los reporteros. "Si
hubiera muerto en la guerra, en mi
corazón hubiera muerto como un
mercenario." Esto en un momento en
que la guerra contaba aún con mucho
apoyo -Mejía es el primer soldado
sentenciado y sirve nueve meses de
prisión por resistir.
Su denuncia pública a la guerra
fue una espina en el costado del
ejército que decía estar construyendo
democracia y esparciendo libertad en
Irak. Más importante, su acto ayuda a
encender la mecha del movimiento de
resistencia dentro del ejército,
aumentaron las negativas a ir al frente y
se forma el grupo de Veteranos Contra
la Guerra en Irak. Su libro, Camino
desde Ar Ramadi, es lectura obligada;
su mensaje debe compartirse porque es
una contribución potente en oposición
al reclutamiento militar y un testamento
del poder que tiene la verdad, un
testimonio de un soldado de la clase
trabajadora, un héroe, a nuestro favor.
Martin Smith, Trad. NF,
(www.counterpunch.org
)
Parte del complejo, el matadero
que procesa cinco mil cabezas de
ganado al día; en el matadero los
trabajadores están en proximidad,
blandiendo cuchillos afilados y
vulnerables a serios accidentes, en
especial cuando se aumenta la
velocidad de la línea y baja la visibilidad
debido al vapor y a los desechos. Los
cambios dentro de la industria de la
carne han sido tantos que se habla de
la "Revolución IBP" (Iowa Beef
Producers). Son cambios que no
favorecen ni al trabajador ni al
consumidor pero que enriquecen más y
más a las corporaciones.
Tad Williams, quien escribió La
corrupción de la agricultura Americana,
explica que el control de las
corporaciones sobre la agricultura ha
afectado las economías rurales y las
comunidades agricolas en forma muy
drásticas, volviéndose uno de los
eventos más devastadores en la historia
de los Estados Unidos. Hace 60 años,
explica, habían sesenta millones de
granjas, para 1998 quedaban apenas
dos millones. En la industria de la
carne, IBP, ConAgra, Cargill, Farmland
National Beef and Packerland Packing
Co., controlan el 79 por ciento del
mercado. Algo similar ocurre con aves y
puercos. La mayor parte de las
ganancias en la agricultura terminan en
manos de corporaciones. Lo llaman la
"industrialización de la agricultura" y
favorece el control, por parte de unas
pocas corporaciones, de casi todas las
area de producción de alimentos.
Las comunidades agrícolas sufren
los efectos económicos, sociales y
ecológicos de este proceso,los trabajos
decentes del pasado son hoy malos,
los salarios son bajos y no incluyen
beneficios, sólo inmigrantes que no
tienen más opción los toman. Al mismo
tiempo, dice Williams, la base
impositiva se ha erosionado y estas
comunidades son entonces incapaces
de mantener un nivel apropiado de
servicios, hospitales, escuelas, o de
apoyar al pequeño negocio.
Los alimentos producidos son
poco saludables -somos testigos de la
obesidad y diabetes que plagan
Norteamérica. Pero además, esta
forma de producir alimentos genera
otros problemas, transforma el ambiente
social y económico en tóxico para el
desarrollo humano, para el
mantenimiento de los derechos
humanos y de los derechos laborales y
para el funcionamiento apropiado de una
democracia. Contribuye a envenenar el
medio ambiente -al contribuir a la
contaminación del agua, de la tierra y
del aire que respiramos, todo al tiempo
que trata a los animales como
comodidades y arriesga el futuro de la
viabilidad de la agricultura y la crianza
de animales al empobrecer las líneas de
cultivos y de reproducción de animales.
Sin duda nos presenta con
crecientes peligros de contaminación
por comida consumida, al mezclar en
forma masiva comida contaminada con
no contaminada y empaquetarla y
distribuirla a través del continente. El
uso contínuo y normalizado de
antibióticos en la crianza de animales
ha contribuído seriamente a la evolución
de patógenos tanto más peligrosos
como resistentes, con capacidad de
matar en especial a niños, ancianos y
la población vulnerable.
Sin duda informarnos es el primer
paso, el libro y la película de Schlosser
ayudan, pero necesitamos plantearnos
la necesidad de actuar, personal y en
grupo, pero políticamente. Negarnos a
consumir alimentos chatarras pero
también concientizar y unirnos con
otros. Los riesgos son graves para
nosotros y la sociedad en que vivimos.
de la página anterior
El sabor de la
comida
chatarra...
Por Nora Fernández
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