Alternativa Latinoamericana
      
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Alberta, Mayo/May 2009
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ALTERNATIVA Latinoamericana
LITERATURA Y CULTURA
Por Nora Fernández
Rincón
Literario
La primera vez que vio la isla, Marini estaba cortésmente inclinado
sobre los asientos de la izquierda, ajustando la mesa de plástico antes de
instalar la bandeja del almuerzo. La pasajera lo había mirado varias veces
mientras él iba y venía con revistas o vasos de whisky; Marini se demoraba
ajustando la mesa, preguntándose aburridamente si valdría la pena
responder a la mirada insistente de la pasajera, una americana de las
muchas, cuando en el óvalo azul de la ventanilla entró el litoral de la isla, la
franja dorada de la playa, las colinas que subían hacia la meseta desolada.
Corrigiendo la posición defectuosa del vaso de cerveza, Marini sonrió a la
pasajera. «Las islas griegas», dijo. «Oh, yes, Greece», repuso la americana
con un falso interés. Sonaba brevemente un timbre y el steward se
enderezó, sin que la sonrisa profesional se borrara de su boca de labios
finos. Empezó a ocuparse de un matrimonio sirio que quería jugo de tomate,
pero en la cola del avión se concedió unos segundos para mirar otra vez
hacia abajo; la isla era pequeña y solitaria, y el Egeo la rodeaba con un
intenso azul que exaltaba la orla de un blanco deslumbrante y como
petrificado, que allá abajo sería espuma rompiendo en los arrecifes y las
caletas. Marini vio que las playas desiertas corrían hacia el norte y el oeste,
lo demás era la montaña entrando a pique en el mar. Una isla rocosa y
desierta, aunque la mancha plomiza cerca de la playa del norte podía ser
una casa, quizá un grupo de casas primitivas. Empezó a abrir la lata de
jugo, y al enderezarse la isla se borró de la ventanilla; no quedó más que el
mar, un verde horizonte interminable. Miró su reloj pulsera sin saber por
qué; era exactamente mediodía.
A Marini le gustó que lo hubieran destinado a la línea Roma-Teherán,
porque el pasaje era menos lúgubre que en las líneas del norte y las
muchachas parecían siempre felices de ir a Oriente o de conocer Italia.
Cuatro días después, mientras ayudaba a un niño que había perdido la
cuchara y mostraba desconsolado el plato del postre, descubrió otra vez el
borde de la isla. Había una diferencia de ocho minutos pero cuando se
inclinó sobre una ventanilla de la cola no le quedaron dudas; la isla tenía
una forma inconfundible, como una tortuga que sacara apenas las patas del
agua. La miró hasta que lo llamaron, esta vez con la seguridad de que la
mancha plomiza era un grupo de casas; alcanzó a distinguir el dibujo de
unos pocos campos cultivados que llegaban hasta la playa. Durante la
escala de Beirut miró el atlas de la stewardess, y se preguntó si la isla no
sería Horos. El radiotelegrafista, un francés indiferente, se sorprendió de su
interés. «Todas esas islas se parecen, hace dos años que hago la línea y
me importan muy poco. Sí, muéstremela la próxima vez.» No era Horos sino
Xiros, una de las muchas islas al margen de los circuitos turísticos. «No
durará ni cinco años -le dijo la stewardess mientras bebían una copa en
Roma-. Apúrate si piensas ir, las hordas estarán allí en cualquier momento,
Gengis Cook vela.» Pero Marini siguió pensando en la isla, mirándola
cuando se acordaba o había una ventanilla cerca casi siempre
encogiéndose de hombros al final. Nada de eso tenía sentido, volar tres
veces por semana a mediodía sobre Xiros era tan irreal como soñar tres
veces por semana que volaba a mediodía sobre Xiros. Todo estaba
falseado en la visión inútil y recurrente; salvo, quizá, el deseo de repetirla,
la consulta al reloj pulsera antes de mediodía, el breve, punzante contacto
con la deslumbradora franja blanca al borde de un azul casi negro, y las
casas donde los pescadores alzarían apenas los ojos para seguir el paso
de esa otra irrealidad.
Ocho o nueve semanas después, cuando le propusieron la línea de
Nueva York con todas sus ventajas, Marini se dijo que era la oportunidad de
acabar con esa manía inocente y fastidiosa. Tenía en el bolsillo el libro
donde un vago geógrafo de nombre levantino daba sobre Xiros más
detalles que los habituales en las guías. Contestó negativamente, oyéndose
como desde lejos, y después de sortear la sorpresa escandalizada de un
Jefe y dos secretarias se fue a comer a la cantina de la compañía donde lo
esperaba Carla. La desconcertada decepción de Carla no lo inquietó; la
costa sur de Xiros era inhabitable pero hacia el oeste quedaban huellas de
una colonia lidia o quizá cretomicénica, y el profesor Goldmann había
La isla a mediodía
Julio Cortázar
encontrado dos piedras talladas con jeroglíficos que los pescadores
empleaban como pilotes del pequeño muelle. A Carla le dolía la cabeza y se
marchó casi enseguida; los pulpos eran el recurso principal del puñado de
habitantes, cada cinco días llegaba un barco para cargar la pesca y dejar
algunas provisiones y géneros.
En la agencia de viajes le dijeron que habría que fletar un barco
especial desde Rynos, o quizá se pudiera viajar en la falúa que recogía los
pulpos, pero esto último sólo lo sabría Marini en Rynos donde la agencia no
tenía corresponsal. De todas maneras la idea de pasar unos días en la isla
no era más que un plan para las vacaciones de junio; en las semanas que
siguieron hubo que reemplazar a White en la línea de Túnez, y después
empezó una huelga y Carla se volvió a casa de sus hermanas en Palermo.
Marini fue a vivir a un hotel cerca de Piazza Navona, donde había
librerías de viejo; se entretenía sin muchas ganas en buscar libros sobre
Grecia, hojeaba de a ratos un manual de conversación. Le hizo gracia la
palabra kalimera y la ensayó en un cabaret con una chica pelirroja, se
acostó con ella, supo de su abuelo en Odos y de unos dolores de garganta
inexplicables. En Roma empezó a llover, en Beirut lo esperaba siempre
Tania, había otras historias, siempre parientes o dolores; un día fue otra
vez la línea de Teherán, la isla a mediodía. Marini se quedó tanto tiempo
pegado a la ventanilla que la nueva stewardess lo trató de mal compañero y
le hizo la cuenta de las bandejas que llevaba servidas. Esa noche Marini
invitó a la stewardess a comer en el Firouz y no le costó que le perdonaran
la distracción de la mañana. Lucía le aconsejó que se hiciera cortar el pelo
a la americana; él le habló un rato de Xiros, pero después comprendió que
ella prefería el vodka-lime del Hilton.
El tiempo se iba en cosas así, en infinitas bandejas de comida, cada
una con la sonrisa a la que tenía derecho el pasajero. En los viajes de
vuelta el avión sobrevolaba Xiros a las ocho de la mañana, el sol daba
contra las ventanillas de babor y dejaba apenas entrever la tortuga dorada;
Marini prefería esperar los mediodías del vuelo de ida, sabiendo que
entonces podía quedarse un largo minuto contra la ventanilla mientras
Lucía (y después Felisa) se ocupaba un poco irónicamente del trabajo. Una
vez sacó una foto de Xiros pero le salió borrosa; ya sabía algunas cosas de
la isla, había subrayado las raras menciones en un par de libros. Felisa le
contó que los pilotos lo llamaban el loco de la isla, y no le molestó. Carla
acababa de escribirle que había decidido no tener el niño, y Marini le envió
dos sueldos y pensó que el resto no le alcanzaría para las vacaciones.
Carla aceptó el dinero y le hizo saber por una amiga que probablemente se
casaría con el dentista de Treviso. Todo tenía tan poca importancia a
mediodía, los lunes y los jueves y los sábados (dos veces por mes, el
domingo).
Con el tiempo fue dándose cuenta de que Felisa era la única que lo
comprendía un poco; había un acuerdo tácito para que ella se ocupara del
pasaje a mediodía, apenas él se instalaba junto a la ventanilla de la cola.
La isla era visible unos pocos minutos, pero el aire estaba siempre tan
limpio y el mar la recortaba con una crueldad tan minuciosa que los más
pequeños detalles se iban ajustando implacables al recuerdo del pasaje
anterior: la mancha verde del promontorio del norte, las casas plomizas, las
redes secándose en la arena. Cuando faltaban las redes Marini lo sentía
como un empobrecimiento, casi un insulto. Pensó en filmar el paso de la
isla, para repetir la imagen en el hotel, pero prefirió ahorrar el dinero de la
cámara ya que apenas le faltaba un mes para las vacaciones. No llevaba
demasiado la cuenta de los días; a veces era Tania en Beirut, a veces
Felisa en Teherán, casi siempre su hermano menor en Roma, todo un poco
borroso, amablemente fácil y cordial y como reemplazando otra cosa,
llenando las horas antes o después del vuelo, y en el vuelo todo era
también borroso y fácil y estúpido hasta la hora de ir a inclinarse sobre la
ventanilla de la cola, sentir el frío cristal como un límite del acuario donde
lentamente se movía la tortuga dorada en el espeso azul.
Ese día las redes se dibujaban precisas en la arena, y Marini hubiera
jurado que el punto negro a la izquierda, al borde del mar, era un pescador
que debía estar mirando el avión. «Kalimera», pensó absurdamente. Ya no
tenía sentido esperar más, Mario Merolis le prestaría el dinero que le
faltaba para el viaje, en menos de tres días estaría en Xiros. Con los labios
pegados al vidrio, sonrió pensando que treparía hasta la mancha verde,
que entraría desnudo en el mar de las caletas del norte, que pescaría
pulpos con los hombres, entendiéndose por señas y por risas. Nada era
difícil una vez decidido, un tren nocturno, un primer barco, otro barco viejo y
sucio, la escala en Rynos, la negociación interminable con el capitán de la
falúa, la noche en el puente, pegado a las estrellas, el sabor del anís y del
carnero, el amanecer entre las islas. Desembarcó con las primeras luces, y
el capitán lo presentó a un viejo que debía ser el patriarca. Klaios le tomó la
mano izquierda y habló lentamente, mirándolo en los ojos. Vinieron dos
muchachos y Marini entendió que eran los hijos de Klaios. El capitán de la
falúa agotaba su inglés: veinte habitantes, pulpos, pesca, cinco casas,
italiano visitante pagaría alojamiento Klaios.
Los muchachos rieron cuando Klaios discutió dracmas; también Marini,
ya amigo de los más jóvenes, mirando salir el sol sobre un mar menos
oscuro que desde el aire, una habitación pobre y limpia, un jarro de agua,
olor a salvia y a piel curtida.
Lo dejaron solo para irse a cargar la falúa, y después de quitarse a
manotazos la ropa de viaje y ponerse un pantalón de baño y unas
sandalias, echó a andar por la isla. Aún no se veía a nadie, el sol cobraba
lentamente impulso y de los matorrales crecía un olor sutil, un poco ácido,
mezclado con el yodo del viento. Debían ser las diez cuando llegó al
promontorio del norte y reconoció la mayor de las caletas. Prefería estar
solo aunque le hubiera gustado más bañarse en la playa de arena; la isla lo
invadía y lo gozaba con una tal intimidad que no era capaz de pensar o de
elegir.
La piel le quemaba de sol y de viento cuando se desnudó para tirarse
al mar desde una roca; el agua estaba fría y le hizo bien; se dejó llevar por
corrientes insidiosas hasta la entrada de una gruta, volvió mar afuera, se
abandonó de espaldas, lo aceptó todo en un solo acto de conciliación que
era también un nombre para el futuro. Supo sin la menor duda que no se
iría de la isla, que de alguna manera iba a quedarse para siempre en la
isla. Alcanzó a imaginar a su hermano, a Felisa, sus caras cuando supieran
que se había quedado a vivir de la pesca en un peñón solitario. Ya los
había olvidado cuando giró sobre sí mismo para nadar hacia la orilla.
Julio Cortázar juega con el tiempo, la realidad y lo posible en este
cuento que quizás no por casualidad sucede en Grecia, una
vertiente de nuestra civilización. Atrapado en la rutina de la vida
cotidiana sin encontrarle sentido, Marini escapa soñando con otra
vida y elige a Xiros como lugar de su liberación. Mirando desde la
ventanilla del avión encuentra el punto negro que parece mirarlo
desde el borde del mar. El elemento fantástico es inescapable en
el final obligándonos a examinar nuestros perspectiva de este
relato, sólo aparentemente simple. Marini hombre nuevo tratando
de terminar con sus rutinas de hombre viejo, se salva a si mismo.
Sólo el cadáver de ojos abiertos era lo nuevo...El náufrago le
gritaba a borbotones algo que él ya no era capaz de oir...
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