Alternativa Latinoamericana
      
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Alberta, Mayo/May 2009
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ALTERNATIVA Latinoamericana
LITERATURA Y CULTURA
PIEDRA NEGRA SOBRE UNA PIEDRA
BLANCA
Me moriré en París con aguacero,
un día del cual tengo ya el recuerdo.
Me moriré en París -y no me corro-
tal vez un jueves, como es hoy, de otoño.
Jueves será, porque hoy, jueves, que
proso
estos versos, los húmeros me he puesto
a la mala y, jamás como hoy, me he vuelto,
con todo mi camino, a verme solo.
César Vallejo ha muerto, le pegaban
todos sin que él les haga nada;
le daban duro con un palo y duro
también con una soga; son testigos
los días jueves y los huesos húmeros,
la soledad, la lluvia, los caminos...
Cesar Vallejo
El juego en que andamos
Si me dieran a elegir, yo elegiría
esta salud de saber que estamos
muy enfermos,
esta dicha de andar tan infelices.
Si me dieran a elegir, yo elegiría
esta inocencia de no ser un
inocente,
esta pureza en que ando por
impuro.
Si me dieran a elegir, yo elegiría
este amor con que odio,
esta esperanza que come panes
desesperados.
Aquí pasa, señores,
que me juego la muerte.
Juan Gelman
UN SOL
Mi corazón es como un dios sin lengua,
Mudo se está a la espera del milagro,
He amado mucho, todo amor fue magro,
Que todo amor lo conocí con mengua.
He amado hasta llorar, hasta morirme.
Amé hasta odiar, amé hasta la locura,
Pero yo espero algún amor natura
Capaz de renovarme y redimirme.
Amor que fructifique mi desierto
Y me haga brotar ramas sensitivas,
Soy una selva de raíces vivas,
Sólo el follaje suele estarse muerto.
¿En dónde está quien mi deseo alienta?
¿Me empobreció a sus ojos el ramaje?
Vulgar estorbo, pálido follaje
Distinto al tronco fiel que lo alimenta.
¿En dónde está el espíritu sombrío
De cuya opacidad brote la llama?
Ah, si mis mundos con su amor inflama
Yo seré incontenible como un río.
¿En dónde está el que con su amor me
envuelva?
Ha de traer su gran verdad sabida...
Hielo y más hielo recogí en la vida:
Yo necesito un sol que me disuelva.
Alfonsina Storni
El sol le secó enseguida, bajó hacia las
casas donde dos mujeres lo miraron asombradas
antes de correr a encerrarse. Hizo un saludo en
el vacío y bajó hacia las redes. Uno de los hijos
de Klaios lo esperaba en la playa, y Marini le
señaló el mar, invitándolo. El muchacho vaciló,
mostrando sus pantalones de tela y su camisa
roja. Después fue corriendo hacia una de las
casas, y volvió casi desnudo; se tiraron juntos a
un mar ya tibio, deslumbrante bajo el sol de las
once.
Secándose en la arena, Ionas empezó a
nombrar las cosas. «Kalimera», dijo Marini, y el
muchacho rió hasta doblarse en dos. Después
Marini repitió las frases nuevas, enseñó palabras
italianas a Ionas. Casi en el horizonte, la falúa se
iba empequeñeciendo; Marini sintió que ahora
estaba realmente solo en la isla con Klaios y los
suyos. Dejaría pasar unos días, pagaría su
habitación y aprendería a pescar; alguna tarde,
cuando ya lo conocieran bien, les hablaría de
quedarse y de trabajar con ellos. Levantándose,
tendió la mano a Ionas y echó a andar
lentamente hacia la colina. La cuesta era
escarpada y trepó saboreando cada alto,
volviéndose una y otra vez para mirar las redes
en la playa, las siluetas de las mujeres que
hablaban animadamente con Ionas y con Klaios y
lo miraban de reojo, riendo. Cuando llegó a la
mancha verde entró en un mundo donde el olor
del tomillo y de la salvia era una misma materia
con el fuego del sol y la brisa del mar. Marini miró
su reloj pulsera y después, con un gesto de
impaciencia, lo arrancó de la muñeca y lo guardó
en el bolsillo del pantalón de baño. No sería fácil
matar al hombre viejo, pero allí en lo
alto, tenso de sol y de espacio, sintió
que la empresa era posible. Estaba en
Xiros, estaba allí donde tantas veces
había dudado que pudiera llegar alguna
vez. Se dejó caer de espaldas entre las
piedras calientes, resistió sus aristas y
sus lomos encendidos, y miró
verticalmente el cielo; lejanamente le
llegó el zumbido de un motor.
Cerrando los ojos se dijo que no
miraría el avión, que no se dejaría
contaminar por lo peor de sí mismo, que
una vez más iba a pasar sobre la isla.
Pero en la penumbra de los párpados
imaginó a Felisa con las bandejas, en
ese mismo instante distribuyendo las
bandejas, y su reemplazante, tal vez
Giorgio o alguno nuevo de otra línea,
alguien que también estaría sonriendo
mientras alcanzaba las botellas de vino o
el café. Incapaz de luchar contra tanto
pasado abrió los ojos y se enderezó, y
en el mismo momento vio el ala derecha
del avión, casi sobre su cabeza,
inclinándose inexplicablemente, el
cambio de sonido de las turbinas, la
caída casi vertical sobre el mar. Bajó a
toda carrera por la colina, golpeándose
en las rocas y desgarrándose un brazo
entre las espinas. La isla le ocultaba el
lugar de la caída, pero torció antes de
llegar a la playa y por un atajo previsible
franqueó la primera estribación de la
colina y salió a la playa más pequeña. La
cola del avión se hundía a unos cien
metros, en un silencio total. Marini tomó
impulso y se lanzó al agua, esperando todavía
que el avión volviera a flotar; pero no se veía más
que la blanda línea de las olas, una caja de
cartón oscilando absurdamente cerca del lugar
de la caída, y casi al final, cuando ya no tenía
sentido seguir nadando, una mano fuera del
agua, apenas un instante, el tiempo para que
Marini cambiara de rumbo y se zambullera hasta
atrapar por el pelo al hombre que luchó por
aferrarse a él y tragó roncamente el aire que
Marini le dejaba respirar sin acercarse
demasiado. Remolcándolo poco a poco lo trajo
hasta la orilla, tomó en brazos el cuerpo vestido
de blanco, y tendiéndolo en la arena miró la cara
llena de espuma donde la muerte estaba ya
instalada, sangrando por una enorme herida en
la garganta. De qué podía servir la respiración
artificial si con cada convulsión la herida parecía
abrirse un poco más y era como una boca
repugnante que llamaba a Marini, lo arrancaba a
su pequeña felicidad de tan pocas horas en la
isla, le gritaba entre borbotones algo que él ya no
era capaz de oír.
A toda carrera venían los hijos de Klaios y
más atrás las mujeres. Cuando llegó Klaios, los
muchachos rodeaban el cuerpo tendido en la
arena, sin comprender cómo había tenido fuerzas
para nadar a la orilla y arrastrarse
desangrándose hasta ahí. «Ciérrale los ojos»,
pidió llorando una de las mujeres. Klaios miró
hacia el mar, buscando algún otro sobreviviente.
Pero, como siempre, estaban solos en la isla y el
cadáver de ojos abiertos era lo único nuevo entre
ellos y el mar.
Estoy teniendo problemas en tomarme al nuevo tipo en serio..
.
GRIPE
PORCINA
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