Alternativa Latinoamericana
      
background image
Alberta, Noviembre/November 2009
14
ALTERNATIVA Latinoamericana
LITERATURA Y CULTURA
Por Nora Fernández
Rincón
Literario
El destierro
de Alicia Dujovne Ortíz
Fata Morgana. Éste fue el
nombre de la casa que mi padre
siempre quiso tener, casa de dibujo
infantil con el alero a dos aguas, la
chimenea cuadriculada para imitar
los ladrillitos, el zigzag del sendero
que llega hasta la puerta y el
tirabuzón de humo que asciende
celeste hasta chocarse con la nube.
Pero como sabía que del
inmobiliario afán, lo único real sería
el humo, ya nomás de antemano a
su vivienda la llamaba espejismo.
Era hijo de inmigrantes y
pechaba hacia la casa del sueño. Mi
madre, en cambio, más argentina,
tiraba para atrás, hacia la del
recuerdo: el balcón enrejado, el
umbral de mármol fresco bajo las
nalgas a la hora de la siesta,
mientras los grandes duermen, la
aldaba de bronce en la puerta
maciza que se abre hacia el zaguán
de mayólicas donde cinco novios
suspiraron -uno por cada hermana-,
que se abre hacia el vestíbulo con
su mampara de cristal, que se abre
hacia la sala con sus consolas de
patitas doradas, su piano y sus
jarrones finamente cuarteados, que
se abre hacia la tira de piezas, una
por cada señorita soltera, que cada
tanto se abre a un patio con
jazmines traídos del Paraguay por
un bisabuelo marino y genovés; y
más piezas y patios que finalmente
se abren a las rosas, la parra, la
magnolia, la memoria del fondo.
Mi herencia consistió en esas dos
casas ausentes y se enriqueció
luego con un departamentito
perdido.
¿Podía pesar tanto tener bienes
raíces en el recuerdo o el futuro?
Los acontecimientos se encargarían
de demostrar que sí: hasta a un
clavel del aire le molesta el
trasplante.
Todo comienza una mañana
de 1977 en que, al llegar al diario,
veo tanques del Ejército. Me
aproximo a la puerta, hombres
armados me dejan entrar, y ocupo
mi escritorio rodeado de escritorios
vacíos. Los demás periodistas se
han ido yendo, unos a otros países,
otros al más allá. Los que aún
permanecen tienen aire fantasmal.
Me informan que el director del
diario ha sido secuestrado y el
diario, intervenido.
Pese a una voluntaria distracción,
no ignoro lo que sucede. Huecos
similares se abren en la libreta
donde apunto direcciones de
amigos. Tampoco ignoro la
distracción de los hombres armados:
mi padre ya llevaba tres años de
muerto cuando lo fueron a buscar.
Pero la vista de los tanques me
produce un efecto nuevo. Se me
saltan los ojos. Los voy sintiendo
crecer, inmensamente se me inflan.
Llegan a ocupar tanto espacio que
no parecen míos. ¿Serán los ojos
de otra gente? Recuerdo la historia
de un buzo que bajó al Río de la
Plata y en el barro del fondo se topó
con un pueblo de muertos, cada uno
con su piedra en los pies. Los
ahogados tenían los ojos
desorbitados y el buzo ya no pudo
cerrar los suyos.
Tanto abultan los míos que los
pocos periodistas aún presentes me
lo dicen:
-Se te hinchan los ojos.
Con los ojos en las manos -llenan
todo el hueco de mis palmas- me
dirijo hacia uno de los hombres
armados de la entrada y balbuceo:
-Tengo que irme a mi casa porque
mire lo que me pasó.
-Debe ser alergia -diagnostica, la
bayoneta al hombro-. Vaya nomás,
señora ­y agrega-: Quédese
tranquila.
Entre los ojos y el agua casi no
hay diferencia. Vuelvo a mi casa, me
sumerjo en la bañadera y pienso
claramente:
-Esto se acabó.
A continuación me pregunto :
-¿Y ahora adónde vamos la Nena
y yo?
La Gitana me contesta sin
asomarse siquiera, tan evidente le
parece:
-A París.
Al salir de la bañadera mis ojos
han recuperado su tamaño normal.
A partir de ese momento sólo
quedaba resolver algún problema
práctico, la plata para dos pasajes
de ida y otros detalles más, pero el
problema básico era el equipaje. El
inmigrante guarda en la valija lo
esencial, y, al definir lo esencial, da
con el tono del futuro relato. Igual
que un novelista al escribir las
primeras líneas. Pero las dos
flamantes valijas marroncitas de
imitación cuero, hechas como a
propósito para abandonar una
tierra de vacas sin llevarse al otro
lado del charco ni el olor, nos
miraban perplejas. La primera frase
no les salía. ¿Guardarían los
cuadernos del colegio de la Nena y
los míos, es decir, el recuerdo, o
cosas importantes para hoy?
Mi madre fue la única que no
dudó un instante. Ella, que se había
resignado a quedarse de este lado
del charco porque un periplo con
tres valijas -una por cada
generación- resultaba demasiado
costoso, decidió que a Europa sin
gorros de lana no se viajaba. Con
un escalofrío que más tarde
comprendimos, insistía en añadir a
nuestro ajuar de inmigrantes
bonetes, medias y bufandas que,
tras ardorosa discusión, volvían al
ropero, hoy desaparecido y objeto
de caviloso discurrir. ¿Dónde estará
el ropero, el de mi infancia, quién
se lo habrá llevado a pesar de sus
vetas como caras que tanto
asustaban en las noches de fiebre?
El error fue decirse: no importa,
estas medias tejidas quedan en
casa, en este mismo cajón donde al
regreso las hallaré aguardándome.
El error fue creer que el exilio
permite un despacioso desovar de
polillas, un tranquilo roer. El error
fue pensar que el exiliado vuelve.
Que su casa lo espera. Y que su
madre sigue tejiendo. No digo
medias, gorros o bufanda. No digo
ni el ropero de vetas como caras.
Aunque no fuese ni Fata Morgana
ni caserón de la nostalgia, la pieza
misma que contuvo lanas y ropero
ya no está donde estuvo.
Era una pieza oscura que daba a
un patiecito donde ni la memoria
parecía caber. Sin embargo cabía.
En el marco de la ventana había
una provisión de hormigas
amatambradas por una araña
activa, a la que, adolescente, pude
ver trabajando sin animarme a
detenerla; con tal velocidad giraba
la traidora, enrollando a la hormiga,
que ni ésta ni yo teníamos tiempo
de parpadear cuando ya
estábamos, ella convertida en
salamín, y yo, con los ojos saltados.
Ya por entonces. La escena
sucedía en Ramón L. Falcón 2172,
Dto. B, planta baja, en el barrio
Flores. Un departamentito sombrío,
de tres habitaciones, para mi padre,
mi madre y yo, al que nos fuimos a
vivir en 1945, cuando mi padre salió
de la cárcel.
Pero no todas fueron trampas de
arañas en ese tiempo de poemas
escritos de noche. Hubo también
escapatorias. Yo tenía quince años.
Al clarear la aurora, me iba al patio
del lavadero, del otro lado de la
casa, a dejarme embobar por el
alba. El alba era tremenda conmigo
esas mañanas. Se me entraba por la
frente con una pizca de luz blanca,
se me entraba por la nariz con una
garra de hielo, seguía hasta los
pulmones y comenzaba a entrar y a
salir como un serrucho. Cuando el
vaivén del éxtasis por fin se
aquietaba, yo me quedaba limpia,
ida, bendita y dormida sobre las
húmedas baldosas, hasta que venía
mi padre con un café.
¿Los nuevos propietarios del
departamentito habrán cambiado el
cuerito de la canilla del lavadero? Y
de no ser así, ¿les pondrán sal a las
babosas que, atraídas por la gota,
se vienen a beber desde el jardín de
al lado?, ¿o tendrán también ellos el
coraje, la piedad y la impudicia de
observarlas vivir durante tantas
horas?
Sobre el patiecito del lavadero
cabe un recuerdo más: cuando
hacia 1976 a mi padre muerto
vinieron a buscarlo por error los
hombres armados, mi madre armó
una pequeña fogata con los libros
marxistas de la Editorial Problemas,
los libros que él había editado.
El otro patio, al que daba la
ventana con los matambres de
hormiga, era de geranios
monstruosos. Tan desesperados
estaban por alcanzar el sol, desde
que construyeron esa torre que
transformó en abismo el patiecito,
que crecían a alturas impropias de
geranios. Se les volvían leñosos los
troncos y suplicante la actitud. Pero
no fue mi caso. Hacia los siete, ocho
años de edad, ahí metida en el
hueco del patiecito mínimo,
disfrazada de odalisca con dos
cortinas, una verde brillante y con
escamas que asimismo era útil para
hacer de sirena, y un velo blanco la
otra para dejar al aire el ojo zahorí,
tapando de paso esta nariz
abatatada que aún
conservo, yo me inventé
recursos para ganar la luz
Alicia Dujovne Ortiz nació en
Buenos Aires y vive
alternativamente en esta
ciudad y en París desde 1978.
Ha desarrollado una importante
trayectoria como periodista,
que inició en el diario La
Opinión y continúa
actualmente en La Nación, am-
bos de Buenos Aires. Fue
también asesora de la editorial
francesa Gallimard. Es autora
de las biografías María Elena
Walsh (1979); Maradona soy yo (1994); Eva
Perón. La biografía (Aguilar, 1996); Dora Maar,
prisionera de la mirada y El camarada Carlos
(Aguilar, 2007). Como novelista, ha publicado El
buzón de la esquina (1978); El agujero de la
tierra (1980); El árbol de la gitana (Alfaguara,
1997); Mireya (Alfaguara, 1998); Anita cubierta
de arena (Alfaguara, 2003) y Las perlas rojas
(Alfaguara, 2005). También ha escrito obras para
niños y jóvenes. Ha recibido importantes
distinciones, como la beca John Simon
Guggenheim Memorial Foundation, y sus libros
han sido traducidos a más de veinte lenguas.
Los problemas básicos de un
exiliado: el equipaje y pensar que
uno se vuelve y que las cosas de
uno quedan como las dejó.
Dujovne resume en el destierro,
su escapada de ese país donde los
ojos se desorbitan involuntariamente
ante la barbaridad "de un pueblo de
muertos, cada uno con su piedra en
los pies."
Y frente a la "distraccion" sin
compasión ni sentido común de los
hombres armados: "mi padre ya
llevaba tres años de muerto cuando
lo fueron a buscar.... "Debe ser
alergia-diagnostica la bayoneta al
hombro-.Vaya nomás, señora-y
agrega-:Quédese tranquila."
El equipaje que uno acarrea
es mucho más que el par de maletas
imitación cuero con las que partió.
Son las casas ausentes, las gentes
presentes y pasadas en nosotros y
las que elegimos llevarnos dentro.
Es la pieza oscura misma que
contuvo las lanas y el ropero y el
patiecito donde no llegaba el sol -"yo
me inventé recursos para ganar la luz
que los geranios, francamente, jamás
se imaginaron....relatarme cuentos
de antepasados viajeros."
Asi surge la gitana, "un
personaje más real que yo misma...
una gitana gorda de papada blandita,
vivo retrato de la demente anciana
que seré...aprendi a quedarme
callada, sola, con los ojos saltados,
oyendo el repiquetear del tiempo en
los cristales."
La desterrada que asume su
destierro como aventura entiende
que "hasta a un clavel del aire le
molesta el trasplante."
  Anterior Portada | Edición Actual | Ediciones Anteriores | Contáctenos Siguiente