Alternativa Latinoamericana
      
background image
Alberta, Noviembre/November 2009
6
ALTERNATIVA Latinoamericana
ECOLOGIA
Balance y Felicidad:
La esencia social bloqueada
Por Nora Fernández
La Economía de la Felicidad (The
Economics of Happiness. Discovering Genuine
Wealth) es el título del libro de Mark Anielski, un
profesor de responsabilidad corporativa y
empresariado social de la Escuela de Negocios
de la Universidad de Alberta. En un artículo
suyo, Anielski explica la contradicción de vivir en
una sociedad rica que entiende poco o nada
sobre felicidad y balance. la completa falta de
balance en que vivimos se evidencia, explica,
cuando comparamos la imagen de los
patinadores de alta velocidad, con sus coloridos
trajes de licra, su delgadez nutrida de músuclos
bien moldeados, sus movimientos
sincronizados que nos pueden hacer creer que
es fácil alcanzar esas acciones suyas
coordinadas y de gran balance, que adivinamos
requiren dedicación y disciplina. Mientras que la
sociedad en que vivimos, dice Anielski, se
parece a algo muy diferente, funciona como un
canceroso cuyas terapias han fracasado y
comienza a adivinar ya un pronóstico terminal
en un futuro no muy lejano. Vivimos en una
sociedad que ha entrado en la etapa cancerosa
terminal del capitalismo. Con una economía
basada en deuda y dinero, que tiene que
continuar expandiéndose aunque ya no sea ni
saludable ni factible, sólo para pagar los
crecientes intereses de una enorme deuda. El
proceso está terminando con nuestro capital
natural, humano y social. Y aunque lo
sospechamos, nos negamos, o no sabemos
como hablarlo y menos sabemos identificar
culpables o sugerir soluciones que sirvan (Are
we happy yet?
www.alternativesjournal.ca).
En su libro Anielski propone un modelo
para cambiar las cosas comenzando por hablar
de ellas. Acaso ¿sabemos que no podemos ser
felices viviendo de esta manera? Anielski
explica que ya se ha investigado bastante sobre
la felicidad como para saber que esta no
depende de cuanto dinero ganamos sino de
cuantos amigos y relaciones significativas
tenemos. Anielski basa sus investigaciones, y
su libro, en lo que ha investigado la Fundación
para Nuevas Economías en el Reino Unido.
Sólo el 10 por ciento de nuestra felicidad,
dice, está conectada a lo que ganamos
monetariamente, a nuestras poseciones
materiales y a los años de educación pos-
secundaria que tenemos. Del 90 por ciento
restante, un 50 por ciento está directamente
relacionado a nuestros genes (la herencia de
nuestros padres) y a las condiciones de nuestra
crianza (la calidad de los años de nuestra niñez
y adolescencia). Y el 40 por ciento que queda
tiene que ver con las relaciones que tenemos
con familiares, amigos, vecinos, compañeros de
trabajo, en fin, la gente en nuestras vidas. No
podemos transformar la herencia ni la crianza
que tenemos, son historia. Pero podemos
desarrollar mejores relaciones.
"Las comunidades fuertes y con capacidad
de recuperación son aquellas en las que las
personas se sienten que son parte, que
pertenecen, donde conocen a sus vecinos por
su primer nombre, donde hay espíritu de
reciprocidad y se comparte, y donde hay un
nivel importante de confianza mutua."
El índice canadiense de bienestar
(Canadian Index of Wellbeing, CIW), explica
Anielski, promovido por Roy Romanow y
algunos investigadores, mide como nos va a los
canadienses en ocho aspectos, cada uno
merecedor de un reporte. Los primeros tres
reportes ya han aparecido, el resto aparecerá
entre fines del 2009 y principios del 2010. Juntos
darán una imagen bastante completa de nuestro
bienestar. Examinan: el nivel de vida, la salud de
la población, la vitalidad comunitaria, el medio
ambiente, el uso del tiempo, las artes, la cultura
y recreación, la educación y la participación
cívica.
Hasta ahora, dice Anielski, los resultados
muestran que aunque Canadá se ha vuelto un
país mucho más rico, sólo el 20 por ciento en la
cima es poseedor de las cuentas bancarias
más grandes y ha recibido la mayor porción de
la riqueza. Las entradas anuales por familia
predicen (mejor que otros índices) el estado de
la salud por grupo de edad y género a futuro. La
gente con más altas entradas y más elevada
educación tiende a vivir más años y a sufrir
menos de diabetes y otras condiciones
crónicas, y tiende también a reportar un buen
estado de salud.
Los canadienses viven más pero no
necesariamente en buenas condiciones de
salud, el más alto porcentage de personas en
buen estado de salud fue alcanzado en 1998
(65,2%) a partir de allí ha decrecido en un 7%. El
decrecimiento no se debe al envejecimiento de
la población, las quejas de salud son más
marcadas entre los adolescentes. La vitalidad
comunitaria, sin embargo, es buena, con fuertes
relaciones sociales entre miembros de la familia
y miembros de la comunidad. Pero, se pregunta
el profesor, ¿que condiciones de bienestar
contribuyen a la genuina felicidad y a un futuro
sostenible para nuestros hijos y nietos? Y, ¿`por
qué siendo que contamos con más de los
suficientes elementos muchos canadienses
continuamos comprando -llenando sótanos,
garages y basureros con excesos hedonistas?
Para él, se debe a que el modelo
económico que nos guía hace peligrar no sólo la
riqueza natural, humana y social, sino también,
al no identificar el balance que se necesita para
acumular riqueza genuina, se vuelve una
barrera para el alcance de la felicidad. Somos
infelices. Sus estudios como economista y la
sabiduría que ha recogido de líderes iluminados
le han llevado, dice, a proponer un modelo
económico genuino, que facilite vivir una vida
auténtica (de acuerdo a los valores intrínsecos
en uno) y que entienda la riqueza más que
como cosas o dinero, como condiciones para el
bienestar. Hay que medir lo que importa.
Su modelo es una herramienta para facilitar
esa búsqueda en la casa, organización o
comunidad. Construyendo una economía del
bienestar real y floreciente, que se extienda más
allá del crecimiento, que no se base en crecer.
Es una herramienta para comenzar a tener
esas conversaciones fundamentales sobre
valores con los hijos, la pareja, compañeros de
trabajo, colegas, donde estemos. Podemos
identificar mejor lo que le da significado a
nuestras vidas, lo que valoramos de verdad, las
razones que nos hacen amar el vivir, nuestra
visión y sueños.
Cuando comenzamos a medir lo
importante, lo que hace que vivir valga la pena,
nuestras conversaciones y decisiones cambian.
Cambia la forma en que manejamos la casa y
los asuntos municipales y de gobierno también.
En vez de preocuparnos de ser efectivos nos
preocupamos de ser sabios y la justicia se
vuelve más importante que la codicia. Parte del
viaje hacia la riqueza genuina es descubrir el
capital social. Es un viaje, dice Anielski, que
requiere que hagamos un inventario del total de
cinco bienes de capital que tenemos y que
incluyen: el capital humano (la gente), el capital
natural (el medio ambiente), el capital construído
(cosas hechas), el capital financiero (dinero), y
el capital social (relaciones). La sustentabilidad
requiere los cinco recursos en balance.
Me gusta lo que plantéa Anielski, me
parece fundamental. Pero, no creo que, como
dice, el alejamiento que hemos sufrido de lo que
importa y nos hace felices haya comenzado con
esa "imposición económica" de medir el suceso
de la economía en términos de Producto Interno
Bruto, ni siquiera con ese mito de riqueza
prometida que surge desde la Segunda Guerra
Mundial. Nuestro alejamiento de la esencia tiene
raíces más profundas y no puede explicarse en
términos tan recientes. La esclavitud, los
crímenes del colonialismo, la opresión a los
pueblos de color identificados como el otro, o a
la mujer, tienen raices mas antiguas.
Ellen Hodgson Brown, en su libro La
Telaraña de la Deuda (The Web of Debt) aporta
un elemento histórico iluminador y que también
es económico. Buscando las raíces antiguas
de nuestra obseción por el dinero y una
economía dominante como la que tenemos -
basada en la escasez, la deuda y la codicia,
Brown se remonta a nuestros origenes en
Sumeria y a los principios mismos de la
civilización occidental. Explica entonces, que ya
Bernard Lietaer, en su libro El misterio del dinero
(The Mystery of Money), había trazado el
desarrollo de dos sistemas monetarios y
económicos diferentes, practicamente opuestos
que por un tiempo coexistieron. el primero
basado en la abundancia compartida,
cooperativa: el otro en la escasez, el
endeudamiento y la codicia jerárquica.
Brown explica que en la Sumeria del 3200
Antes de Cristo la economía era matriarcal
agraria con un sistema financiero basado en la
abundancia y que compartía la riqueza. La
sociedad entera era más igualitaria. Hasta las
monedas, explica Brown, estaban hechas a
imagen de la diosa Inanna-Ishtar, la diosa de la
fertilidad, de la vida y de la muerte. Si bien es
cierto que existia el interés, este se pagaba con
grano, en grano extra y la riqueza de la
comunidad lo acumulaba y asi se multiplicaba.
Fue sólo luego de las invasiones Indo-europeas,
explica Brown, durante el segundo milenio Antes
de Cristo, que aparecen los infames
prestamistas. La diosa Inanna fue entonces
superada por el dios Enlid de Nippur. El sistema
matriarcal de abundancia comunitaria
compartida fue desplazado por la fuerza por un
sistema patriarcal militante, basado en el dinero,
y en el que la riqueza ni se multiplicaba
fertilmente ni estaba a flor de tierra o al alcance
de todos. La riqueza se encerraba en bóvedas,
y se transformó no en herramienta de
enriquecimiento comunitario sino de
empobrecimiento general, con la excepción del
pequeño grupo de agiotistas que la controlaba.
Este modelo ha dominado desde entonces
al mundo occidental, al que tiene hoy en un puño
y en un callejón sin salida. Pocos han
cuestionado este sistema y su lógica. Entre
ellos una pequeña isla caribeña ha tratado de
transformar los principios de escasez, deuda y
codicia, en principios de cooperación y
solidaridad dentro y fuera de casa. Esa
pequeña isla ha sido Cuba, que sin ser un
paraiso se ha propuesto una tarea monumental
y a la vez bastante única en occidente: desafiar
la lógica colonial del amo dominador, aunque
cueste, y hacerlo manteniendo en lo posible un
espíritu solidario e internacionalista. Esos
valores sociales son los que Cuba emula, y
aunque tiene carencias en lo material las suple
con lo que le sobra en humanidad.
  Anterior Portada | Edición Actual | Ediciones Anteriores | Contáctenos Siguiente